Carta de Pocho Álvarez: elecciones en la CCE

 

«Hace falta un sol doble,

para alumbrar el fondo de la estupidez humana»

JEAN PAUL SARTRE

Solo basta observar a la llamada “Junta Plenaria de la CCE”, del 1 de julio, https://fb.watch/6tZxpegq10/ y escuchar el razonamiento del titular y su junta de directores de núcleos provinciales afines, pro-defensa de “la carta de intención de voto” como condición sine qua non para poder votar en las próximas elecciones de la Casa, para saber que junto a la pandemia, un “pretérito presente” nos habita como castigo.

Obrero: tú tienes 25 años pero el patrón es del otro siglo” era una de las consignas de la revuelta de la juventud de mayo del 68 en París. La misma consigna con distancia y variantes de tiempo y calendario se puede aplicar perfectamente a la Casa de la Cultura Ecuatoriana del tercer milenio, siglo XXI. “Creadores y artistas: ustedes tienen 25 años pero sus directores de cultura son del otro siglo”.

En la modernidad virtual de la pandemia, pluma y papel

Al amparo del artículo 162 de la Ley de Cultura, esta Junta Plenaria ratificó ese día a la ecuatoriana —es decir en los descuentos de su gestión y en víspera de elecciones— este requisito que sorprende al más elemental de los sentidos.

A partir de esa decisión votada por una mayoría, la voluntad de votar ahora no se expresa con la presencia física frente a la urnas. Ir y consignar el voto no es indicio o evidencia cierta de interés expreso de participación. Para esta Junta es necesaria, además del requisito de estar inscrito en el Registro Único de Artistas y Gestores Culturales (RUAC), la confesión previa, el deseo escrito de ejercer voto, lo que ellos llaman “intención de voto”, suscrito en papel y consignada personalmente en secretaría, para que artistas y gestores culturales puedan calificar y ser sujetos de derechos plenos, ciudadanos posibles de ese Ecuador que elige autoridades en cultura.

Detrás de este “ingenio burocrático” pervive un anacronismo que ha erosionado el espacio de la cultura y el arte, la política pública y su institucionalidad, hasta convertirlo en lo que hoy es: una cangahua donde solo germina la mezquindad. Hace rato, mucho rato ya, que la Casa dejó de ser Casa y pasó a ser un escenario agreste y sin tiempo, deteriorado por una porfiada repetición de su propia decadencia, un mal aire envolvente de una generación que desdibujó su horizonte.

El “remake “de un pasado nada luminoso

Si no me equivoco, el actual titular de la casa volvió, 25 años después, a sentarse en la presidencia de la CCE y seguramente, al igual que todos los que han frecuentado ese poder, no descarta seguir en funciones otro período más. Es que detrás de esta maniobra que crea obstáculos y genera ruido, sin duda está el velado deseo de la Junta de repetir los placeres del dominio a nombre de la cultura y el arte.

La ley faculta la maniobra y la viveza criolla se aprovecha para nutrir su ambición de repetir presidencias y direcciones, como ha sido la historia última de la Casa de la Cultura Ecuatoriana. Por ello, en este julio que no trae nada bueno, en modo inquisición y en una ironía cruel de la modernidad virtual, la alta Junta de cultura en el Ecuador nos muestra la legalidad que les ampara y la estupidez que les ilumina.

La miopía que oprime

La carta de intención de voto es una disposición “legal”, así contradiga principios y esencias. Jorge Enrique Adoum señalaba que Ecuador, como pedestal país, “no ha sido lo suficientemente alto para que se puedan ver sus figuras a la distancia”. La dimensión y estatura de sus pensadores y artistas, mujeres y hombres, se eclipsa por la mezquindad como forma de ser de sus instituciones. Por la ausencia de un verbo que conjugue al nosotros de este “país irreal limitado por sí mismo”.

Es que la estatura de punto y coma como proyección de la institucionalidad y gestión pública en arte y cultura que hemos tenido en estos últimos tiempos, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Ministerio de Cultura, Dirección de Gestión Cultural de la Presidencia de la República y demás instancias del Estado, creadas para la cultura, en tiempos del correato-morenato, el desaparecido IFAIC, el ICCA y su reemplazo IFCI. La misma Ley de Cultura, sus instituciones, olvidos y disfunciones, sus múltiples cuadros, un desfile en pasarela de ministras, ministros y autoridades, el Sistema Nacional de Cultura que no se construye, porque la actual ley como arquitectura para el arte y la cultura en este país de dos latitudes no es viable, ha sido una lección que debemos aprehender si es que queremos que los errores del pasado no se repitan con la crueldad de los quiebres de la historia. El cine en la mitad de la tierra y su erosión regresiva en derechos, la extinción de la Ley de Cine y sus consecuencias en nuestro quehacer, es una muestra de lo que ha significado esta política pública para la cultura y el arte.

La carta de intención de voto es un obstáculo, nuestro voto un disolvente

Asumir que debemos cambiar la política pública en la cultura y el arte, su institucionalidad pública caduca e inoperante, es tomar conciencia de que “nuestra acción no debe ser una reacción sino una creación”. Es aprehender, piel adentro, que solo la juventud cambia porque le asiste el mañana en rebeldía como un nosotros posible y que el desafío de las nuevas generaciones es crear un verbo que, siendo un abrazo, conjugue el plural que disuelve las obsolescencias de un pasado que nos habita y pretende perdurar. Es ese impulso de unidad que se va gestando en torno a no dejar que el atropello se repita. Es ese puño y grito que ya se configura y que buscará ser el que corrija los errores de la historia.

Tengámonos fe. Es tiempo ya de que el Ecuador tenga en su intelectualidad joven un referente crítico y ético, una reserva moral que nos sostenga como colectivo, en ese complejo camino de construirnos como un nosotros humanidad posible.

Pocho Álvarez

Julio 2021

Corre la voz

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